Róndola

Autora: Sofía Rhei
Editorial: Minotauro
Páginas: 600
Saga: autoconclusivo

Hereva de Tertius siempre ha vivido en una jaula de oro. No ve la hora de graduarse en la Academia Superior de Costura para Damiselas Impecables para que sus padres, los reyes, le presenten a su futuro esposo y cumplir de una vez su destino. Por otra parte, un paladín imberbe y principiante consigue la Tarea más difícil e importante de todas: rescatar a la princesa, que puede que esté en apuros y ni siquiera lo sepa.
En un mundo de magia imprevisible, lleno de brujas de incógnito, dragones eruditos, grogros polimorfos, libros que son cuervos, niñas que aúllan a la luna y gente ortiga, ambos descubrirán que los caminos no siempre se cruzan como estaba previsto, que cuando la puerta de la jaula se abre, hay que atreverse a salir y que, a veces, el sapo al que hay que besar es uno mismo.
Un cuento de hadas peludo y verrugoso, algo político y bastante incorrecto.


En fin, no sé muy bien qué deciros de este mamotreto de 600 páginas, aparte de que me toca faltar a mi propósito de gritar a los cuatro vientos lo maravillosos que son los autores españoles, y aparte de que es un libro de retellings de cuentos infantiles con un intento bastante débil de trama unificadora y un final canónico.

Si tuviera que ir por partes, sería bastante sencillo, porque por una parte me ha gustado, pero por otra no. Y el estado bipolar en el que tengo a MiniYo no tiene ningún desperdicio, porque por una parte, se lo ha pasado de muerte:



¡Engendro pajillero!
Venga, MiniYo, no insultes a los lectores.


¡Gorda avutarda!
Vale. ¿Lo veis? Por una parte, entre las situaciones descabelladas y el vocabulario exótico de algunos personajes, nos lo hemos pasado en grande, pero por otra...


¡Me han salido patas de gallo de
tanto entornar los ojos!
Y la pobre no encuentra manera de arreglar semejante desaguisado. He contado las notitas que he puesto en el libro durante la lectura, rosa para las cosas que me gustaban, verde para las que no, quedándose en 38 al rosa, 51 al verde. Y lo siento, pero las 38 notitas rosa no consiguen equilibrar a las verdes porque las cosas que están bien son solo puntuales: el mensaje de una anécdota, un diálogo gracioso; pero las verdes son en su mayoría defectos que se repiten a lo largo de toda la historia y que endesesperan a más no poder.

Así que empecemos, como prefiero siempre, por lo malo, para terminar con lo bueno.



Primero, quisiera llamar la atención sobre el continente de Róndola. Las malas lenguas dicen que su forma de rosquilla es en honor a Terry Pratchett. No veo en qué una rosquilla podría servir de tributo a un disco montado a lomos de cuatro elefantes plantados sobre el caparazón de una tortuga gigante que flota por el espacio; a mí me recuerda más a Homer Simpson, pero bueno.



Si de verdad todos esos que alaban tal derroche de imaginación creen que esto es original, de verdad, temo por la creatividad, porque en realidad esto es quedarse en la superficie. A nadie se le ha ocurrido mencionar que ni la realeza ni la nobleza comen NADA que no tenga forma de rosquilla (de Róndola), y que de hecho a Hereva, la prota princesa y futura reina, le cuesta horrores acostumbrarse a la comida a la que no le hayan dado primero esa forma redonda con el agujero en medio.
Una especie de símbolo de cómo los poderosos creen comerse el mundo, aunque si esto lo ha hecho la autora a propósito o no, ya es otra cuestión. Dándole un voto de confianza, es posible que sí, pues el tema de tener que acostumbrarse a comer comida con su forma original al tiempo que van... ejem... aplebeyándose y bajando un poco más a la tierra, aceptando la realidad tal cual es, es algo recurrente a lo largo del libro, desde el principio hasta el mismísimo final, además sin ponerse pesados ni explicativos con ello. Incluso puede que la autora prefiriese darle otra lectura que yo no he llegado a captar. Cualquier cosa antes que el «homenaje a Terry Pratchett» tan superficial que se han marcado aquí; casi preferiría que lo hubiese hecho porque sí, «porque es mi worldbuilding y mi mundo tiene la forma que a mí me sale del rosco».

Otra de las cosas que ha contribuido a que MiniYo necesite una crema de acción urgente para las patas de gallo son los nombres que le ha puesto la autora a algunas cosas. ¿Qué pasa con ellos? ¿Están mal? Meh, mal, mal, no. ¿Son originales? Pues esa es la cuestión, que tampoco, y encima resultan una complicación (algunos) para lo insignificantes que son esos cambios para la historia. Está claro que ayudan a dar carácter al mundo de Róndola, pero vamos, cambiar ogro por grogro, zombi por zombo, o la peste por la puste no funciona, parece más de literatura infantil que de juvenil-joven adulto como esta.



Claro, y para equilibrar, se pondrán a hacer tríos con la mala
que hipnotiza a la gente ofreciéndoles sus pezones sangrientos.
Eso. Y a tomar cerveja, que no cervieja. Perdón por el chiste malo. Tengo que averiguar si es que Sofía Rhei ha tomado la etimología de las cosas y ha utilizado las palabras tal y como se decían antiguamente, porque entonces tendría sentido y denotaría cierto trabajo. Pero vamos, respecto a cerveja, he encontrado que así es como se dice en portugués. Meh. No creo que valga como documentación para una novela.



Por cierto, la autora no solo cambia los nombres, sino también el sistema numérico, que en lugar de funcionar de diez en diez, lo hace de once en once; así, en un año hay once meses de tres «endemanas» (que mi ordenador se empeña en cambiar a «endemonias»; anonadada me hallo), que por supuesto, tienen once días. Así pues, aparte de poner todo lo que ha podido con el prefijo «ende» para hacer referencia a la Sagrada Cifra, el once, también ha cambiado los nombres de los días de la semana, de los meses, de los números y de todo lo que ha podido. 

Bueno. 


Worldbuilding. 


A todo el mundo parece haberle encantado. 


¿Sirve de algo? 


Pues no, solo es construcción de mundos, y es lícito. Bueno, sí consigue algo: liar. Los capítulos empiezan diciéndote algo como "tercera bermenoche de plulio", y tú con eso, ya te tienes que hacer a la idea de que es de noche y de que es posible que sea... yo qué sé... ¿julio? O sea, que la intención es que nos ayude a situarnos, pero bueno, en realidad, ni lo consigue porque los nombres son tan raros que tendrías que consultar el final del libro (o el almanaque, y no me da la gana, qué pasa) para saber qué dice, y además nos importa un bledo, porque aunque la autora sí describe la llegada de los días y las noches, no nos da nunca ninguna pista de si hace frío, calor, o es que en Róndola no hay temperatura excepto cuando los ínferos y los dragones andan cerca escupiendo fuego o muriendo, o cuando se hace de noche, que entonces Akara la ínfera se desnuda para hacer de hoguera. Eso sí, de vez en cuando, se nos lanza alguna pequeña amenaza de que a lo mejor se pone a llover, porque así tememos por Akara y el Abuelo Fuego, quienes, de mojarse, correrían el riesgo de apagarse (y morir, supongo, o ponerse muy enfermos). En fin: mucho worldbuilding, que está bien, aunque bastante desaprovechado en términos de trama. (Esto no es obligatorio, pero sí recomendable. ¿Conocéis la palabra cohesión? ¿Y conocéis eso de que las injusticias ocurren porque el mundo es así?)


En realidad, el único aspecto del worldbuilding de Róndola que tiene alguna importancia en esta historia es la existencia de seres mágicos (dragones, brujas, etc.) y la presencia de la magia. Y para eso no hacía inventarse todo lo que se ha inventado, que no me parece mal, cada uno hace con su worldbuilding lo que quiere, pero es cierto que lo ha aprovechado muy poco. Es un mundo de cuento con forma de rosquilla que venera al número once. Punto. Lo que sí me ha gustado del worldbuilding es la mitología de las tres hermanas. De hecho, ME HA ENCANTADO. Y además está muy bien aprovechada en la trama. Lo que este libro podría haber sido de haberse centrado en eso, en lugar de en hacer tanto retelling.


Otra cosa que hace muchísimo Sofía Rhei es tirar de resumen. Pero mucho. Así, por el gaznate, sin masticar ni na de na. El lado bueno es que estos no son largos; el malo es que son muy frecuentes. Endecenas, qué digo, encentenares de situaciones en plan: «la miró y le dijo no sé qué y la otra respondió blablabla, y así la otra intervino con no sé qué idea y al final apañaron hacer tal otra cosa». Que si no tiene importancia en la historia, pues bueno,  pasas por encima y ya está, pero aquí, que tantas cosas suceden sin parar, es un poco aleatorio, «aquí pongo escena/diálogo y aquí resumen», aparte de un signo de vagancia: «bueno, estos tres diálogos no los pongo y ya está, los resumo vagamente, que cuesta menos. Y punto». Y no tuve más remedio que llevarme las manos a la cabeza cuando resulta que Arving le pide matrimonio a Hereva con un resumen. Muy bonito sin caer en lo cursi, pero resumen. ¡Y hay un interrogatorio entero que lo solucionan de esta manera! Porque ya sabéis: para eso, hay que hacer buenos diálogos, y no, no son el fuerte de este libro. Te das cuenta cuando un plebeyo dice algo tan natural como: «chicas, creo que lo más sensato sería bajar al pueblo antes de que caiga la noche».


Y es que, aunque en general la narrativa no está mal, solo un poco plana la mayor parte del tiempo (o bueno, supongo que he leído cosas peores), esa es una de las cosas que han hecho que la pobre MiniYo esté todo el rato con la mosca detrás de la oreja: el registro. ¿Formal? ¿Informal? ¡Ah! Y: ¿punto de vista? ¿Holaaaaaaa? Vamos, que todos los personajes hablan igual, y encima el narrador se mete de manera indiscriminada en la cabeza de los personajes para explicarnos qué es lo que piensan.







Lo cual me lleva a lo siguiente: la exposición. Cuando nos explican las cosas en lugar de asumir que, por la situación, lo hemos sobrentendido. De nuevo, lo vuelvo a repetir: es que los lectores debemos parecerles tonticos a los escritores. En fin, un ejemplo (bastante insignificante, por cierto, hay exposiciones peores y mucho más largas, pero es que no me apetece copiar): «De Riteris se señaló la oreja, indicándole que escuchara». Después de poner la onomatopeya «shhhh» para indicar que De Riteris mandó callar a Bruni y se llevó un dedo a los labios, si después pone que se llevó otro a la oreja, ya entendemos que quiere que escuche. ¿O vosotros no?


¿Y también tenía que decirnos, cuando Hereva declara que tiene miedo de tener hijos y que no la quieran, que «todas reflexionaron sobre estas palabras y lo mucho que revelaban acerca de las inseguridades de Hereva»? ¿No podía enseñárnoslo con reacciones? ¿Tenía que hacerlo con ese narrador tan dudoso que puede saltar de cabeza en cabeza como un piojo? Ahora estoy en la de Hereva, y sin previo aviso, en el párrafo siguiente, estoy en la de Mira, y en la última línea del mismo párrafo, hablo por dos de las princesas al mismo tiempo. 



¿No sabes lo que es un narrador omnisciente?


Pues sí, y tú también. Y todos vosotros. Y este ejemplo ha sido muy insignificante. Pero cuando el libro está repleto de explicaciones así, queda muy poco para la imaginación. El narrador omnisciente aporta credibilidad porque es el que todo lo sabe y todo lo que dice es tal cual, pero también le permite todo tipo de licencias al escritor; es por eso que el narrador omnisciente es el más efectivo para llevar a cabo una buena narración, al mismo tiempo que es el que más fácilmente te va a permitir cagarla (véanse las páginas y páginas de monólogo interno y comidas de cabeza que puede haber a veces en algunas historias. ¡Menudo aburrimiento!). El problema en Róndola es que a veces nos resulta confuso por lo que decía antes del efecto piojo. Es decir: este narrador es muy fácil, pero eso no está exento de que se utilice mal.

Lo vuelvo a repetir: es que es más difícil no hacer estas cosas, es más difícil tener que estar pendiente del muestra, no cuentes. Y el narrador omnisciente es la vía a través de la cual se suele cambiar el mostrar por el explicar. Aunque últimamente, y con la moda de la primera persona, se está cometiendo también cada tropelía con eso de que el prota nos diga exactamente cómo se siente... Y no solo exactamente, sino también exhaustivamente. 


Por cierto, ¿sabéis lo que es un deus ex machina? Porque los hay. ¡Deus ex machina everywhere! Sí, sí. Prácticamente cada episodio es un retelling de un cuento de hadas, y claro, tiene que haber una resolución, una manera de salir del apuro, en cada uno de ellos. Así que, cuando la cosa se pone fea, resulta que de repente un personaje había hecho algo anteriormente que ahora les ayuda a salir del lío. La pregunta es: ¿cuándo? Yo no lo he visto, y creo no haberme dormido. Vamos, estoy segura de que en ningún lugar nos dicen que «los libros (que por cierto, son cuervos y vuelan por ahí) no saben hablar de otros temas, pero reconocen las preguntas relativas a la información que guardan». De verdad que no nos lo dicen. No hasta que hace falta que los paladines obtengan una información concreta y no saben de dónde. Entonces aparece esa voz diciéndoles exactamente lo que necesitan saber, y De Riteris se da cuenta de que hay un cuervo posado en una rama, y nos lo explica. Casualmente, ese cuervo trata sobre lo que ellos se estaban preguntando. ¡Tachán! ¡Lo hizo un mago! Otras malas lenguas por ahí dicen que los deus ex machina están justificados porque es como en los cuentos de hadas. O sea, que si lo llego a saber, no me lo leo, así de sencillo.


Bueno, voy a pasar a hablar de inconsistencias al azar que he encontrado durante la lectura. Por cierto, a partir de ahora es posible que suene algo cabreada porque esto ya lo tenía escrito, y me ha desaparecido de un día para otro, así que intentaré ser breve.

-Para empezar, tenemos la primera relación sexual de la princesita, durante la cual todo es descubrimiento y maravilla. Lo único remotamente parecido a la realidad es que la chica se queda aturdida y dice que le duele un poco ahí dentro. 


¿Qué pasa, querida? ¿A qué vienen esos remilgos?


En fin. Es en este momento cuando, además, se demuestra el pobre trabajo que se ha hecho en cuanto a registro lingüístico, pues, cuando Hereva vuelve con sus amigas, Mira le pregunta por qué no puede formar una oración completa, después se repite dos veces seguidas la expresión «tomar el pelo», y entonces tenemos el siguiente diálogo: 
—Bueno, ¿qué? —soltó Kony. (Que es una bibliotecaria erudita y seria, para que lo sepáis).
—¿Qué de qué? —preguntó Hereva.
—Que qué tal ha estado, sinvergüenza. —Sonrió su amiga.
¿Alguien más siente que Kony no debería hablar así? O sea, fallo de registro, a menos que con «su amiga» se refiera a Mira, que es mejor amiga de Hereva que Kony. El caso es que teniendo en cuenta que en el momento ya todas las chicas son amigas, y que la última persona que ha hablado antes que Hereva es Kony, el referente para «su amiga» es Kony. Así que, sea quien sea la que habla ahí, es un defecto: si habla Mira, de referente porque no queda claro; si habla Kony, de registro porque Kony no habla así ni dice ese tipo de cosas.

Pero claro, eso de cambiar los nombres de los personajes por otras maneras de referirse a ellos en los incisos se hace mucho en el libro y se complica demasiado, como en esta situación, que no sabes quién habla. El texto está repleto de «dijo la futura reina», «dijo la mujer que ya no sabía quién era», «dijo el medio hombre, medio bestia», «el paladín rubio resopló», «el paladín más alto masculló»...


¿Y quién cojones es el paladín rubio? ¿Y el más alto?
¿Nos los han dicho?
Eh... no me acuerdo. En algún momento de las 10 primeras páginas nos dicen que De Riteris tiene el pelo canoso, así que, ¿supongo que debería bastar? Ya, claro, eso es lo que se cree la autora. 


Está bien que no queramos repetir constantemente los nombres de los personajes en los incisos, pero el caso es que los tienen: usadlos. O emplead métodos más sencillos: dijo la fayr, dijo la ínfera, y así. Así sabemos a quién se refiere sin pararnos a pensar. De lo contrario, estáis complicando las escenas, confundiendo los referentes y haciendo protagonista al narrador, lo cual interrumpe mucho el flujo de lectura. Porque te paras, cuando pasan estas cosas, algo en tu cerebro hace que pares de leer un segundo para traducir esa frase tan larga con la que se ha descrito al personaje para referirse a él.

-Más cosas: lo rápido que cosen y tienen disposición de telas y materiales ignífugos. Vamos, que en una tarde se hacen un armario entero de vestidos de plebeya, y además sacan a saber de dónde tela ignífuga para Akara. No se sabe de dónde, o cómo pueden transportarlo, pero ahí está.


-Con Arving pasa lo mismo: resulta que siempre lleva pantalones de repuesto por si acaso se convierte en bestia y se los carga, pero no nos enseñan ni cómo ni dónde los lleva; él solo se convierte en bestia un día, y luego nos dicen sin más: se puso otros pantalones, solía llevar repuestos. Nada de escenas graciosas, y mucho menos embarazosas, a pesar de toda la libertad sexual que hay por todo el libro. Pero esto lo tapan. Muy conveniente. Y fácil. 


-Esto es totalmente subjetivo: en la escena en la que Befana le da el anillo a Hereva, podrían no habernos dicho cómo funciona. Le habría añadido más intríngulis, porque de la manera que se comporta ese anillo, todos habríamos entendido de qué va la cosa en la primera o segunda vez que ella lo mirase. Y nos habría gustado más porque nos habría sorprendido. De hecho, lo del anillo es muy buena idea y me hubiera gustado comprender su funcionamiento a mí solita. Es un elemento muy bien escogido que le da cohesión a su búsqueda, no sirve para solucionar la trama, solo la apoya (cuando la hay, porque la dejan de lado durante 300 páginas), pero es una de las cosas que no hacía falta que nos explicaran.

-También me encanta cómo un día en que se encuentran alojadas en un monasterio, Hereva sale corriendo de una habitación, y de repente alguien la atrapa desde detrás de unos arbustos


¡Tachán! ¡Pasillos frondosos!


Quizá, la autora quería decir que salió por la ventana, porque un momento antes nos ha mostrado a Hereva abriéndola, pero el caso es que lo que dice es que ella salió corriendo. ¿No querrá decir saltó/se deslizó sobre/pasó sin dificultad sobre/ el alféizar de la ventana y salió corriendo? Digo, ¿eh? Llamadme loca. 

-Oh, y en medio de una batalla, Hereva se pone a hablar tan tranquilamente con uno de los principitos a los que les ha dicho que se va a casar con él porque necesita darle calabazas para poder casarse con otro, y durante el proceso nos quieren hacer creer que no pasa nada, que todos sus conocidos y seres queridos están a salvo. Literalmente, nos dicen que «(l)a batalla parecía estar igualada y Braw relativamente a salvo». ¿En serio? Si al menos esto lo hubiesen hecho pasar por humor para resaltar lo inconsciente que es la prota, habría quedado muy bien. Un sarcasmo justo detrás de esa frase, en plan «total, solo estaban siendo atacados por una horda de no muertos hipnotizados y dragones furiosos» (por ejemplo; no era exactamente así), nos habría hecho mucha gracia y habría ayudado a perdonarle un poco a Hereva que sea tan... como es. 






-Y es que, claro, como podéis ver, no he logrado empatizar con Hereva en ningún momento. Mira y De Riteris me han gustado muchísimo más. Que bueno, así dicho es subjetivo. De manera objetiva, son dos personajes muchísimo más redondos y con problemas muchísimo más «de todo el mundo», con sus historias pasadas y sus resoluciones presentes muchísimo más satisfactorias y bien hechas. Hereva lleva una cierta evolución hasta que te das cuenta de que en realidad sí está siguiendo los pasos que le han marcado toda la vida y al final se casa. Nada más que añadir. Porque yo no creo que con saber de qué potorro salió una, ya sepa quién es y se conozca del todo, por lo que un tiempo más para sí misma no le habría venido mal.

También hay varias cosas puntuales mal hechas que me temo que habrá que achacar a la edición o incluso a la corrección, porque que esto se pase por alto en una editorial grande tiene su delito: 


-Cambios de tiempo verbal raros por ahí: «Estaban llevando a cabo la tarea. Llevan nueve días cabalgando. Bruni rompió el silencio».

-Gracias a este libro, por cierto, he descubierto la expresión humillar la cabeza.

¿La cabeza siente humillación?


Sí pero no; significa agachar la cabeza en señal de sumisión o vergüenza. No sale más que dos o tres veces en todo el libro, pero la autora se encarga de que nos la aprendamos bien, porque esas dos o tres veces son todas en la misma página

-Agramaticalidad; un ejemplo con comas que cambian el sentido de la oración: «los reyes de Kolmansien que agradecieron que los trataran con tanta naturalidad y cariño, y se sintieron como en casa con los granjeros». Como podéis ver, al parecer allí había también unos reyes de Kolmansien que no fueron nada agradecidos con la hospitalidad de esos plebeyos. Aunque tal vez es una errata más de la edición: o se han zampado la coma aunque sabían que debía ir ahí, o han puesto un «que» de más, sin el cual la oración por fin tendría verbo. Ah, y aquí la gente busca «similitudes pero no encontró ninguno». Para que lo sepáis. Es la idiosincrasia de Róndola, supongo. Igual que nos toca imaginar que es cuestión de idiosincrasia eso de los cambios de trato de cortesía a trato coloquial así por arte de pluma: «Hola —le dijo educadamente al lepricón—. Mira, me gustaría poder sacar la mano de su arcocielo. ¿Puedes proporcionarme algún consejo al respecto?». Si ha sido una errata en la que «su» debería haber sido «tu», es otra errata más por parte de la edición; si la intención de la autora aquí era hacernos saber que Bruni se estaba haciendo un lío, un comentario sarcástico, o hacer que la parrafada sea más larga con constantes cambios de trato, le habría dado ese efecto para convertirlo en una situación ridícula; pero tal y como está, se convierte en otro defecto narrativo: que no siempre el humor funciona. 

-También me pregunto cómo puede ser que Orokosa se case con un asesino y que solo Mira refunfuñe por ello. Por muy dominado que lo tenga después. En el cuento de Barbazul nadie sabe que es un asesino, solo que se ha casado varias veces y que a saber a dónde se han ido sus esposas; al final consiguen matarle tras descubrir los cadáveres. ¿De verdad me están contando que aquí el retelling es que la grogresa se encapricha de él? ¿Que justo después de casarse, se convierte en la fea, verde (creo que esto me lo he imaginado yo) y verrugosa ogresa que es? ¿Cuál es la lección a aprender aquí? ¿Que por asesino se lleva a la más hermosísima princesa por dentro, pero con el castigo de que es fea por fuera, que no puede matarla porque básicamente no muere, y ella es capaz de matarle a él sin querer? No, en serio, que alguien me lo explique, porque el humor en ese retelling no me quedó muy claro. ¡Aunque ella le ponga un collar de perro, da igual! El final de ese retelling es que él obtiene justo lo que no quería: estar casado para siempre con una fea sin ser consciente de la joya que se lleva; es decir, ¡han convertido a Orokosa en un castigo, además consciente y feliz por parte de ella, y me parece muy mal!

A ver si yo puedo hacérselo entender: querida, el asesino
va a seguir intentando matarte aunque sepa que no puede contigo.
¿Crees que así vas a ser feliz? ¿Tus amigas no te han dicho nada?


Pero LO QUE MÁS ME FASTIDIA de Róndola, LO PEOR, es lo fácil que resulta imaginar quién es quién, aunque se supone que no saberlo es la base de la trama. Totalmente PREDECIBLE. Para que veáis que no exagero, en la página 226 ya sabemos quién es uno de los personajes que nos están medio escondiendo: la cantante del grupo de músicos. En la 279, adivinamos que el príncipe perdido de Dritte es la bella durmiente, digo, Arving, por lo que Hereva debería casarse con él, ¿no? ¡Claro que sí, guapi! Pero un poco de paciencia, que eso no pasa hasta la página 600. Y en la 180, (¡180 de 600!) ya nos imaginamos que Hereva no es la princesa, que es posible que sea Mira, pero que habiendo una hada en el grupo, todavía podría haber algún lío más por ahí. Páginas después, se nos demuestra que sí, que el intercambio de bebés fue triangular, no bidireccional. Hacia el final del libro, creo que la autora se dio cuenta de que lo había desvelado todo muy rápido (y eso sin contar cuando tú ya te lo imaginas aunque ella no quiera), y mete una cuarta esquinita en ese triángulo, una cuarta princesa posible heredera de Tertius, para liar la madeja un poco más, aunque eso al final se queda en agua de borrajas y se lo podía haber ahorrado totalmente. No es un plot twist de verdad, y ni siquiera impresiona; mosquea por lo rebuscado que parece y queda como lo que es: un «os lo habéis imaginado todo muy rápido y ahora os hago un zas en toda la boca (que en realidad no lo es porque todo el mundo ve venir la intención verdadera), solo para reírme de vosotros al final porque en realidad sí que era lo que habíais imaginado. ¿Exactamente cuánto lío os habéis hecho?» 

¿Nadie tiene la sensación de que la autora tendría que haber seguido escribiendo literatura infantil? Porque yo Róndola, quitándole el sexo, los condones y todas esas cosas, lo habría dejado como un middle-grade. Muy digno, de verdad. Y bien dirigido a su público quitando el intento de politizar la trama y arreglando esas cosas que se han hecho más crueles o sexuales de lo que deberían, me habría encantado. 

Llegados a este punto, os estaréis preguntando: «¿y qué es lo que te ha empujado a seguir hasta el final? ¿Estás loca? ¡Ni con un palo!». Bueno, pues el tema es que sí hay cosas buenas en el libro, ya os lo comentaba al principio. No han equilibrado a las malas, que han tenido más peso, pero me han ayudado a tirar para adelante. Sobre todo el humor. Si habéis leído la entrada de El día del dragón, ya sabéis que distingo cuándo funciona de cuándo no, y que además me encanta reírme de las chorradas más chorras. En el caso de Sofía Rhei, se le nota, y esto es verdad, que consigue seguir un poco la línea de Terry Pratchett, y con su humor señala lo absurdo de la naturaleza humana, entre otras cosas (aunque en ocasiones no le funciona del todo).


Hay representación LGBT, que además han sido mis historias favoritas y no os las voy a reventar contándooslas, y también está repleto de mensajes feministas. Sobre todo con la, llamémoslo moraleja, de algunos de los retellings. Además no nos las explica, deja que las entendamos, que nos golpeen con lo que quieren decir, y eso me encanta. ¡Muy bien! (Insertar manos aplaudiendo del WhatsApp).

En algunos momentos demuestra conocer familias léxicas bastante amplias cuando realiza descripciones, que le otorgan una buena autoridad racional. Vamos, que sabe de lo que habla.

Incluso en una escena nos sabe crear una imagen (recurso lingüístico) que resulta muy gráfica y queda muy, muy propia para ese momento: «(...) para huir del dragón, refugiándose en bosques, abadías e incluso en cuevas, que habían quedado calcinadas a su paso. La ruta que habían seguido había quedado marcada sobre el mapa con un grueso trazo de carboncillo». Es una pena que no se haya explayado con las figuras retóricas, porque al parecer sabe hacerlas. Qué preciosidad cuando dice esto: «(la soledad) tenía la dimensión, el peso y el color exactos de la ausencia de Arving». O esto:«(...) como si le faltara algo, pero en aquel momento se sentía completa. Era como si hubiera creído ser una guitarra ligeramente desafinada, y un buen día las manos adecuadas no solo le hubieran tensado cada cuerda en su sonoridad perfecta, sino que, además, habían conseguido hacer música con ellas.» ¡Ojalá Sofía Rhei hubiera hecho esto más a menudo, que son 600 páginas! ¡Había hueco de sobra para dejar de narrar al estilo Castellón de la Plana!

Muchísimas anécdotas están muy bien hechas y apoyan un mensaje o una cierta evolución de la protagonista. Me encanta cuando, el día de su cumpleaños, Hereva tiene que adivinar de qué es la tarta que le han hecho (o algo así), y no logra adivinarlo, a pesar de que es su favorita. Y es que llega un punto en el viaje en el que ella deja de dar por saco con lo mucho que echa de menos la crocada; que nos lo enseñen así y no nos lo expliquen es maravilloso. Hasta yo me llevé las manos a la boca, porque no caí. Es una pena que su evolución solo se limite a que la chica deja de ser tan princesita comodona y egoísta, porque habría estado genial que se extendiera a que deja de pensar tanto en casarse. De hecho, que se hubiese acordado más de sus padres petrificados no habría estado mal.

¿A qué conclusión llegamos entonces? Porque el final ha sido bastante decepcionante. ¿Lo recomendamos? Meh, ¿por qué no? Que juzguen por sí mismos, total, a mí solo me ha quitado un mes y medio de mi tiempo, las ganas de leer, de escribir y de vivir, y me ha dado unas ganas tremendas de comer; aunque, como habéis visto, no todo es malo, y hasta es posible que lo que yo he encontrado tan mal hecho, ni lo notéis. 

Acordaos de buscar siempre los dos lados de una opinión. Eso es lo que no tuve yo en cuenta cuando me compré el libro a ciegas. Nunca más.

Opiniones variadas de Róndola: Dr. Motosierra, Ana Gónzalez Duque, Iris de Asomo, La Universidad de Mort y Libros del cielo.





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